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Extremismos fatales: la generación de cristal



Hoy día está de moda indignarse por todo, pero tanta indignación sin una base formativa que provea de estándares de comparación y medidas de intensidad, de referencia y de pertinencia, acaba siendo desperdiciada en asuntos superfluos e intrascendentes, lo que equivale a matar zancudos con mísiles.

Por supuesto que cada uno es libre de indignarse por lo que le venga en gana, ya por los niños moribundos del África o porque los sustitutos lácteos se venden como leche real; porque cambiaron al actor de doblaje del protagonista de su serie preferida o porque las papas fritas de los restaurantes de comida rápida no son papas reales; incluso porque su ídolo de heavy metal decidió incluir una cursi y vomitiva balada pop rosa en su disco más obscuro. Indignarse es válido dentro de un contexto coherente.

La indignación es esa bofetada sorpresiva que nos atonta y luego nos hace inflamarnos de cólera exigiendo la inmediata reparación de aquello que nos ofende, nos vulnera, nos agrede, nos violenta, nos humilla. Indignados los comuneros hambrientos de París marcharon hacia Versalles para exigir que la reina extranjera María Antonieta se disculpara por la insensible respuesta que dio ante su petición de pan. Según los conspiradores, ella había respondido "si no tienen pan, que coman pasteles". Verdad o mentira, el pueblo indignado exigía una reparación.

La indignación colectiva ante hechos deleznables o abusos de autoridad constituye un cohesionador social coyuntural que facilita el ejercicio de la empatía y de la alteridad (ponerse en los zapatos de los demás) y promueve el concierto de opiniones que desembocan en una postura común que demanda soluciones y justicia. De ahí que si la sensibilidad social no está equilibrada, no hay una respuesta adecuada ante las problemáticas sociales, resultando en posturas demasiado frágiles o demasiado duras: muy hipersensibles o muy indiferentes.

Vivimos en la época de la miope generación de cristal que se indigna de todo y por todo y es a la vez indiferente ante los problemas estructurales de la sociedad. Se acerca tanto para ver el árbol al que se arrima que en el proceso deja de ver el bosque que la circunda. Y aunque a veces sus reclamos tengan pinta de validez, en el macrocontexto carecen de interés real por no ser reclamos objetivos sino basarse en interpretaciones subjetivas y con fines egoístas bajo la bandera de la reivindicación colectiva. Indignarse subjetivamente no tiene nada de malo siempre que esa indignación subjetiva se exprese desde la individualidad personal.

La generación "joven" que va de los 15 a los 25 y que se supone domina el espacio virtual creado por las redes sociales, es también la que, manipulada por actores con intereses propios, se indigna por todo lo que se refleja en su frágil sensibilidad de cristal, es además una generación sin memoria histórica y con formación educativa deficiente y por lo tanto sin parámetros de comparación sobre los cuales basar su indignación. Estos jóvenes eternamente indignados no son capaced de determinar el grado de indignación a aplicar ante los hechos que los perturban, por lo que usan siempre la mayor medida posible, lo que hace que se ahoguen en un vaso de agua y acaben quedando como exagerados ante el resto del mundo.

Sin referencias históricas, vivenciales, teóricas y culturales que les aporten el contexto de los hechos y de las cosas que perciben como ofensivas y que les provocan indignación,  acaban despotricando contra aquello que no les gusta y que no entienden. Eso saca a luz el siguiente problema, la falta de pertinencia (capacidad de determinar el momento propicio para hacer y para decir algo, obteniendo así la mayor eficacia del acto y del dicho) que los lleva a agredir a quien expresa una idea distinta incluso si al hacerlo contradicen su propio discurso de tolerancia y respeto que demandan de los demás para sí mismos.

Es interesante, por ejemplo, ver la campaña de intolerancia y odio que los colectivos de diversidad sexual han desatado en contra de la banda mexicana Molotov por su canción "Puto" que es más vieja que la mayoría de los ofendidos. Omitiendo toda pertinencia, la indignación desatada no considera ni el contexto histórico ni la coyuntura social imperantes cuando la canción fue publicada. Se deja también de lado los referentes semánticos e idiomáticos del término dentro del contexto cultural donde se usa. Esto no es una apología de Molotov o del término puto, es una demostración de la ridiculez de la generación ofendida que ha decidido que el término no puede significar otra cosa que un insulto hiriente y humillante que se mofa de los incluidos dentro del espectro homosexual masculino y los vulnera.

Si bien es cierto que el término se usa para referirse a los hombres homosexuales, quienes han consumido los productos culturales de México (asaz toda Latinoamérica) saben que no es un término exclusivo ni privativo de los hombres gay sino que el significado varía según la situación. Cobarde, mujeriego, afeminado, miedoso, traicionero, soplón, aprovechado son algunos de los significados contextuales. Incluso se usa como un admirativo de alabanza en la expresión "el puto amo" (the badass), y como un aumentivo coloquial de intensidad: Qué puto frío hace.

La canción es una mofa del político mexicano corrupto y de sus seguidores embobados con su discurso, a la vez que se burla del estereotipo del macho (lean la letra original de 1997 antes de oír la canción), pero la generación de cristal ha decidido que el término puto es peyorativo a secas contra ellos y que la canción se escribió para denigrar al colectivo gay y ejerciendo la inclusión forzada se dan por aludidos y por víctimas directas. Claro que en lugar de promover una campaña de concientización sobre el uso del término, deciden que la censura al artista es lo único aceptable. Hipocresía de la vida, el colectivo gay usa el término como ofensa dentro de sus filas pero en ese caso el insulto está muy bien y es aceptable porque no lo usa un "cerdo macho fascista violador de almas gays".

Algo parecido ocurrió con la canción "Ingrata" de Café Tacuba, a quienes acusaron de machistas y misóginos. Tanto fue el acoso que la banda cambió la letra de la canción o simplemente ya no la toca. Como dato curioso, este grupo de indignados es el mismo que perrea con el reguetón más sucio, misógino y machista que denigra a la mujer, la obetiza, la cosifica y la reduce a un coño con patas. Por supuesto que el reguetón en vez de ofenderlos les fascina, tanto a neofeministas como a colectivos de la diversidad sexual así que calladita la boca y ni hablar de la censura a los reguetoneros.

Esta generación que se indigna váludamente por un hecho relevante entre cada cien nimiedades es la misma que cierra los ojos ante los problemas estructurales de la sociedad. Que decide ignorar la corrupción y la impunidad en los gobiernos de sus países (quizá por eso les ofende la canción). Es también la misma que no se indigna ante los robos descarados al erario público y que no se inmuta frente a los índices altísimos de pobreza, inseguridad, de violencia y subdesarrollo de sus naciones.

Esta es la maldición de la generación de cristal, poseer un pesado corazón de piedra dentro de un frágil cuerpo de cristal. Aferrados al extremo de la indiferencia con una mano y al extremo de la ofendibilidad con la otra. Sintiéndose agraviados hasta del aire que roza su rostro.

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